Conocí a mi destino una tarde de verano en el pequeño café de la plaza, junto a la iglesia. Vestía camisa sport, pantalón Dockers y zapatos italianos. Como es costumbre entre los destinos, suelen reunirse a las 5 de la tarde a tomar el té a la manera inglesa. Ahí se encontraban a la mesa el destino de un general retirado, el de un plomero y el de una prostituta charlando animadamente sobre temas tan diversos como el clima, el ciclo vital de la mosca de la fruta, la contaminación del Mato Grosso y el calentamiento global en las cumbres del Everest.
Se mostró muy amable cuando nos presentaron, poniéndose de pié e invitándome a compartir con ellos la hora del té, invitación que decliné debido a mi alergia al azúcar en cubos. Cortésmente nos despedimos e intenté preguntarle que me deparaba el destino, a lo cual contestó sin perder la elegancia – “Lo siento, no suelo hablar de trabajo”.
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